A media madrugada, la imagen del hombre taciturno se trasladó desde la cama hacia el baño, de éste fue a la cocina a buscar algo y regresó a su lecho. Setenta y dos horas de insomnio llevaba desde aquel día. Algo lo preocupaba, lo excitaba, lo culpaba; fuera lo que fuese, él no podía hacer descansar a esos ojos completamente rojos y a esa cabeza en erupción. Sacó siete pastillas del frasco, las cuales segundos después estaban dentro de su organismo. Finalmente, pudo dormir.
***
Aquel día, su cumpleaños. Siempre lo había soñado, pero nunca había podido organizar una fiesta de tal magnitud, ni en la infancia ni en la adolescencia. Sentía que esos treinta años valían la pena ser celebrados. Además, estaba agradecido a la vida, todo marchaba bien: su empleo, su familia, sus amigos y sobre todo su novia, Camila. La celebración tuvo lugar en un salón colosal, en donde estaban todos sus seres preciados. Se veía allí, recibiéndolos, bromeando, riendo; estaban sus padres, y por supuesto, su pareja; también estaba Lautaro, su compadre, compañero de toda la vida; y no podía ser otro más que éste el que le obsequiara lo que tanto había esperado para completar su colección de armas. Fue así como le dio un animoso abrazo y le entregó una caja cubierta con papel plateado, la cual contenía el objeto deseado.
Terminados los saludos, la entrega de regalos ( los cuales, por costumbre, recién abriría al día siguiente) comenzaron a cenar. Luego, buena música impulsó a bailar a los allí presentes. No se despegó de su novia en toda la noche. Su compadre, soltero, cansado de bailar y con el ron y el vodka aturdiéndole la cabeza, decidió despedirse del cumpleañero e irse.
Más tarde, Camila, con sus dolores normales, le dijo que la disculpara, pero que no podía aguantar más tiempo encerrada en ese lugar y prefería ir a su casa a descansar. El gran sueño se estaba yendo poco a poco; ya no estaban ni su pareja ni su amigo, pero no le importó y siguió festejando. Los que tampoco ya no estaban eran sus cigarrillos, entonces salió del salón y apareció caminando por la calle penumbrosa buscando un kiosco, algo muy improbable a esa hora de la madrugada. Volvió tan rápido como cuando se había ido; sin embargo, regresó más apesadumbrado y afligido que cuando había salido tan sólo un poco fastidioso por no tener cigarros.
Al día siguiente, invitó a Lautaro y a Camila para que juntos abrieran los regalos. Pero enseguida notaron que lo único que había en la habitación era esa caja plateada, la cual ya había sido abierta por el cumpleañero y sacado lo que había ahí dentro.
***
Envuelto en sudor se despertó y volvió a abrir el frasco; siete pastillas habían sido insuficientes para poder sosegar esa clase de pesadillas.



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