Se había dejado anticipar como quién entra en una noche naranja, como si ella fuera en verdad la noche y algo la anticipaba, le traía el azúcar que se bebe entre esos pastos del piso al cielo; nadie cerca. Ni siquiera una rama le había rozado el abrigo, pero entonces por qué pensar en esto, el frío justificaba el abrigo pero no pensar en una rama que nada ha hecho. Sin embargo Mercedes no lograba deshojarse de aquello que la gobernaba, de aquel naranja en el cielo, que no debe ser naranja, ni de las ramas inmóviles, espías. Un fuego silencioso entraba en ella y la conducía, le ponía unos ojos felinos que se prendían en lo que de repente era la oscuridad absoluta. Una mancha negra de sombra de barro de cuerpos débiles y ojos relucientes en ella, ojos que veía Martín desde su silla, en el rellano, en otra oscuridad sin ojos ni barro y entonces ella no veía a Martín, sólo él podía verla. Demasiado alta para gato y menuda para puma, Mercedes toda ojos miraba ahora en dirección a Martín como si lograra tocarlo desde la distancia, como si el violeta de la luna a sus espaldas la guiara en un rugido fulminante; pero no podía verlo en esa selva de negras ramas vacías de otoño. Mercedes se distraía con una luz lejana y Martín, tieso, respiraba luego de haber anulado todo movimiento, sumido en un temor indescifrable.
Bestia dorada en el centro de la noche sin hojas, Mercedes encontraba una calma que no le pertenecía; que le era dada o tal vez inducida por una voz dulce y frágil que llegaba desde el vacío mismo, desde donde sólo se conciben voces inaudibles. Crepúsculo. Sentada sobre la tierra, jugando con las huellas de sus propios pasos se alejaba más y más de todo estado de alerta. Recuéstate. Obedecía. Fuego al fuego, ojos al cielo naranja, las manos suaves de caricias en el aire, sangre de luna violeta alistando a la bestia para ser bestia. Crepúsculo, permanece. Una enorme boca se formaba en el cielo, con labios de copas de árboles y nubes difuminadas, al tiempo que Martín se acercaba al cuerpo que yacía inmóvil, tendido en la nada, entre campos abiertos a la sombra. Cerca. Paso cauteloso, de cazador inseguro. Ni un movimiento, nada perceptible. Presa o fiera de seguro muerta; se acercaba lentamente pero ahora convencido, ya no crepitaban los ojos y el alivio se figuraba en el calor que sentía Martín al acercarse, un trago de licor en el frío insoportable; una sensación de bienestar, de abrigo. Un leve sonido, como el crujir de una rama que en todo campo abierto cruje. Al costado del cuerpo, arrodillado hacia ella, buscando en sus ojos el fuego que se desvanecía lentamente, ojos de ceniza. La noche apagada, el cielo negro como si la boca se hubiese cerrado por completo, mancha de sombra y barro y el cuerpo muerto. Nada que hacer para Martín que ahora se alejaba sumido en la incredulidad. Una rama le rozó el abrigo devolviéndole el temor que lo hizo girar sobresaltado, dando un manotazo para desprenderse de la rama. Crepúsculo detrás de él con los ojos encendidos y las manos ensangrentadas. Un cuerpo muerto, una rama deshojada.
Parar el reloj
Hace 4 meses



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